viernes, 30 de agosto de 2013

Águilas (Murcia)

Pili y Pepico nos invitaron a conocer Águilas. Nos quedábamos a dormir en su casa en Calabardina. Por cosas de la vida, era la primera vez que compartía con mis amigas de siempre la experiencia de viajar y lo único que puedo decir de esos días son cosas buenas.


Llegamos tarde, muy tarde, tanto que cené un bocadillo en el coche de camino. Tanto y con tantas prisas que me dejé todas las botellas que habíamos comprado en casa, tanto que fuimos a por una colchoneta hinchable a Los Alcázares justo antes de ir a Águilas, tanto que una vez llegadas, arregladas y tras unos tintos, decidimos ir a la discoteca Tuareg a las 1000.



Al día siguiente, a las 9 de la mañana un desalmado, desarmado o inconsciente como queráis llamarlo, despertó al barrio entero con las pitadas del coche porque no lo podía sacar del aparcamiento. No le deseé la muerte porque eso no se lo desearía a nadie, eran mis vacaciones y no pensaba alterarme esos días por nada. Dormimos un poco más y luego tocaba nuestro homenaje con unos señores churros con chocolate.


Una vez desayunados fuimos a una playa donde la arena parecía fuego, ni una playa en las fraguas de Vulcano quemaría como esa, eso sí era preciosa y una vez que pisamos agua fresca ya solo nos tocaba tomarnos unas cervezas y disfrutar. Después Pepico nos llevó en el coche por las calles de Águilas a que conociéramos el pueblo. Nos paró en mil sitios para que disfrutáramos de las vistas y después nos hizo una pasta estupenda, ¿se puede pedir más? Que buenos anfitriones, ¡sí señor!









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